¿Cómo controlar la ansiedad? Cuando la ansiedad deja de ser algo puntual y pasa a ocuparlo todo, no es solo nerviosismo o inquietud: es una forma de estar en el mundo.
La mente se acelera, los pensamientos no se detienen, el cuerpo se tensa sin que uno lo decida y aparece esa sensación difícil de ubicar, pero muy concreta: algo no está bien.
“Quiero dejar de sentir esto”. La frase se repite bastante en consulta. Y es comprensible. El problema es que, si uno se queda solo en esa lógica, empieza a pelearse con la parte equivocada del asunto.
La ansiedad no es, en sí misma, el problema. Es una señal.
Forma parte del sistema de alerta del organismo.
Sirve para anticipar, para prepararse, para responder. Sin esa activación, probablemente estaríamos mucho más desorientados frente a lo que nos pasa.
El punto no es su existencia, sino su desregulación: cuando la alarma queda encendida todo el tiempo, incluso cuando no hay un peligro claro.
Freud lo planteaba en términos bastante simples: la ansiedad aparece cuando algo es vivido como peligroso para el psiquismo.
No necesariamente un peligro externo evidente. A veces es un conflicto, un deseo que incomoda, una situación que desborda.
Pero no aparece porque sí. Aparece señalando algo.
Por eso, intentar eliminarla sin preguntarse qué la produce suele ser poco efectivo. Es como tapar la alarma sin revisar qué la activó.
Ese estado de alerta no es solo mental. El cuerpo está completamente implicado. Presión en el pecho, respiración corta, tensión muscular, malestar digestivo. El organismo se prepara para actuar, aunque no haya nada claro que hacer.
Wilhelm Reich observó que lo que no logra tramitarse psíquicamente termina quedándose en el cuerpo.
Las emociones que no encuentran la forma de ser pensadas o expresadas se vuelven tensión. No es algo metafórico: es bastante concreto.
Por eso, muchas intervenciones que ayudan con la ansiedad no pasan solo por el pensamiento, sino también por el cuerpo: respirar más lento, moverse, bajar el ritmo, trabajar con prácticas como el Tai Chi o el yoga.
No resuelven todo, pero regulan el nivel de activación, y eso cambia mucho el punto de partida.
A nivel mental, lo que suele aparecer no es solo preocupación, sino repetición. Pensamientos que vuelven, que anticipan, que ensayan escenarios negativos una y otra vez.
No es tanto lo que se piensa, sino el modo en que se piensa: circular, insistente, poco transformador.
Bion tenía una idea interesante: cuando algo no puede ser pensado, la mente no se queda en blanco, sino que gira.
Produce actividad, pero no elaboración.
En ese contexto, la ansiedad no es tanto un exceso de pensamiento como un pensamiento que no logra procesar lo que le pasa. Cuando algo empieza a poder pensarse —de verdad, no solo a repetirse— la ansiedad suele aflojar.
Hay otro punto que suele jugar en contra: el intento de controlarla de inmediato. “Tengo que calmarme”, “esto no me puede pasar”, “se me tiene que ir ya”. Esa urgencia por eliminarla no la reduce, la intensifica.
Agrega una capa más de tensión.
Winnicott planteaba algo que no es tan intuitivo: la importancia de poder tolerar ciertos estados sin reaccionar automáticamente contra ellos. No se trata de resignarse, sino de no entrar en una lucha desesperada.
Muchas veces el primer movimiento útil no es como se controla la ansiedad, sino poder sostenerla sin entrar en pánico por el hecho de estar ansioso. Y, bastante seguido, cuando eso ocurre, la ansiedad empieza a bajar.
No toda ansiedad nace “adentro”. Muchas veces está ligada a los vínculos. El miedo al abandono, al rechazo, a no ser suficiente, no aparece en el vacío. Tiene historia.
Bowlby mostró que la sensación de seguridad no es solo una cuestión interna, sino algo que se construye en relación con otros.
Cuando esos vínculos han sido inestables o impredecibles, el sistema emocional queda más sensible, más alerta.
Desde enfoques relacionales, como el de Stephen Mitchell, la ansiedad también puede entenderse como algo que ocurre en ese campo entre uno y los otros, no solo dentro de uno.
A esto se suma, con frecuencia, un nivel de exigencia interna elevado. Personas que viven bajo presión constante por rendir, por no fallar, por sostener una cierta imagen.
Cuando el valor personal depende demasiado de eso, cualquier error se vuelve amenaza. Kohut trabajó bastante esta idea: cuando no hay margen para no estar a la altura, la tensión se vuelve permanente. Y ahí la ansiedad deja de ser un episodio y pasa a ser un fondo constante.
Parte del trabajo terapéutico tiene que ver con eso: aflojar esa relación con uno mismo. No como consigna amable, sino como algo estructural. Introducir un poco más de tolerancia, de margen, de humanidad.
En el fondo, lo que suele aliviar la ansiedad no es tanto eliminarla como poder pensar mejor lo que la sostiene.
Cuando una experiencia no logra ser simbolizada, aparece como ansiedad, como malestar difuso.
Cuando empieza a tomar forma, a volverse pensable, pierde parte de su carácter amenazante. No porque la situación cambie necesariamente, sino porque la mente adquiere mayor capacidad para procesarla.
Después están las cosas más concretas: respirar mejor, moverse, dormir, bajar estimulantes. No resuelven todo, pero modifican el terreno. Y eso importa más de lo que parece.
Quizás el punto más importante sea este: la ansiedad no se elimina del todo, ni debería. Forma parte de la vida emocional. Aparece cuando algo está en juego.
La pregunta no es cómo hacer para no sentirla nunca más.
¿Como controlar una crisis de ansiedad? La verdadera pregunta es, qué hacemos cuando aparece.
Si se la trata como un enemigo a erradicar, suele crecer. Si se la toma como una señal —algo que puede ser interrogado, no suprimido— cambia de lugar. ¿Qué está pasando? ¿Qué está en juego? ¿Qué no estoy pudiendo pensar?
No siempre hay respuestas inmediatas, pero la pregunta ya ordena.
Y cuando algo empieza a comprenderse, deja de tener el mismo poder sobre nosotros.