¿La terapia realmente funciona? La pregunta tiene algo de provocación, pero también toca un punto verdadero. En psicoterapia se habla. No hay aparatos sofisticados, análisis de laboratorio ni procedimientos espectaculares.
Dos personas se encuentran en una habitación y conversan.
Y, sin embargo, dentro de esa conversación pasan muchas cosas.
En terapia se habla, pero también se siente, se recuerda, se evita, se repite, se teme, se espera, se interpreta, se descubre y, sobre todo, se establece una relación particular.
Una relación dentro de la cual pueden aparecer aspectos de nuestra manera de vincularnos que muchas veces permanecen invisibles en la vida cotidiana.
La conversación es el vehículo. La experiencia terapéutica es algo bastante más complejo.
Claro que, vista desde afuera, podría parecer que no ocurre mucho más que eso. Decir que la psicoterapia es solo hablar sería parecido a decir que hacer ejercicio consiste solamente en mover el cuerpo. No es del todo falso, pero deja afuera casi todo lo importante.
En terapia se habla, por supuesto, pero dentro de ese diálogo se reconocen patrones, aparecen emociones, se revisan maneras de relacionarnos y, poco a poco, pueden construirse formas diferentes de comprender y afrontar lo que nos sucede.
Saber lo que me pasa no siempre alcanza
Muchas personas llegan a terapia entendiendo bastante bien su problema.
“Sé que tendría que poner límites.”
“Sé que no debería preocuparme tanto.”
“Sé que mi pareja anterior no me hacía bien.”
“Sé que no tendría que sentir culpa.”
“Sé que mi padre era muy exigente y que eso me marcó.”
Todo eso puede ser cierto. El problema es que existe una distancia considerable entre comprender algo intelectualmente y poder modificarlo.
Podemos saber perfectamente que una situación no representa una amenaza y, sin embargo, experimentar ansiedad. Podemos comprender que una relación terminó y continuar emocionalmente atrapados en ella.
Podemos reconocer que buscamos constantemente aprobación y aun así sentirnos devastados cuando alguien nos critica.
La mente humana no funciona exclusivamente a través de argumentos racionales. Buena parte de nuestra vida emocional se fue organizando a partir de experiencias que ocurrieron mucho antes de que pudiéramos explicarlas con palabras.
Por eso una psicoterapia no consiste simplemente en ofrecer consejos. Si los consejos fueran suficientes, bastaría con que alguien nos dijera qué hacer.
Y muchas veces ya sabemos qué hacer.
Repetimos mucho más de lo que creemos
Freud observó tempranamente algo fundamental: las personas no solamente recuerdan su historia. También tienden, de distintas maneras, a repetirla.
Podemos cambiar de pareja, de trabajo, de ciudad o de grupo de amigos y encontrarnos, sorprendentemente, en situaciones emocionales bastante parecidas.
¿Por qué ocurre esto?
Porque nuestras experiencias, sobre todo aquellas que se repiten a lo largo del tiempo, van dejando maneras de entendernos a nosotros mismos, de relacionarnos con los demás y de anticipar lo que podemos esperar de ellos.
Aprendemos, muchas veces sin darnos cuenta, qué tenemos que hacer para sentirnos queridos, qué tan seguro es confiar en alguien, cómo reaccionamos frente al conflicto o qué esperamos que ocurra cuando mostramos una necesidad.
Con los años, estas formas de relacionarnos pueden volverse tan habituales que dejamos de percibirlas como una posibilidad entre otras. Simplemente sentimos que “somos así”, que “los demás son así” o que las cosas inevitablemente terminan ocurriendo de determinada manera.
Alguien que creció sintiendo que debía ganarse permanentemente el cariño puede convertirse en un adulto extremadamente atento a las necesidades de los demás y, al mismo tiempo, tener enormes dificultades para reconocer y expresar las propias.
Otra persona puede sentirse atraída una y otra vez por vínculos emocionalmente distantes. Otra puede vivir cualquier desacuerdo como una forma de rechazo.
Y otra puede abandonar proyectos importantes justamente cuando comienzan a funcionar.
No buscamos conscientemente que estas situaciones se repitan. Más bien, tendemos a movernos dentro de formas de sentir, interpretar y relacionarnos que nos resultan conocidas, incluso cuando nos hacen sufrir.
Lo familiar no siempre es lo que nos hace bien. A veces es, simplemente, aquello que hemos aprendido a reconocer y manejar.
Cuando ciertas situaciones se repiten muchas veces solemos pensar que tenemos mala suerte. Y, por supuesto, a veces la suerte participa. Pero otras veces hay un patrón.
Una de las tareas de la psicoterapia consiste en reconocer esos patrones: observar cuándo aparecen, qué los activa, qué función han cumplido y de qué manera seguimos participando, muchas veces sin advertirlo, en su repetición.
Pero ¿qué pasa si la persona ya conoce el patrón?
Esta es una objeción importante porque, de hecho, ocurre muchísimo. Hay personas que llegan a terapia y dicen: “Todo esto ya lo sé”.
Saben que buscan aprobación. Saben que les cuesta poner límites. Saben que eligen vínculos parecidos.
Incluso pueden saber bastante bien de dónde viene todo eso.
Y tienen razón: lo saben.
Pero Freud advirtió algo que sigue siendo central para entender la psicoterapia: saber que repetimos algo no significa necesariamente poder dejar de repetirlo.
Una persona puede saber que necesita demasiado la aprobación de los demás y seguir sintiendo una enorme ansiedad cuando alguien se muestra distante.
Puede comprender que teme ser abandonada y aun así reaccionar con desesperación ante una separación.
Puede conocer perfectamente la historia de su exigencia consigo misma y continuar sintiendo que un error demuestra que no vale lo suficiente.
Para Freud, aquello que no conseguimos resolver no vuelve solamente como un recuerdo acerca del pasado. Muchas veces aparece en la forma en que vivimos el presente.
Y también puede aparecer en la terapia.
Alguien que teme decepcionar a los demás puede empezar a preocuparse por decepcionar al terapeuta.
Quien aprendió que mostrar sus necesidades alejaba a las personas puede comenzar a ocultarlas también durante las sesiones.
Quien espera ser criticado puede escuchar una intervención como una crítica. Incluso alguien que necesita agradar puede intentar convertirse en “el paciente perfecto”.
Ahí ocurre algo importante: el patrón ya no es solamente una historia que la persona está contando. Está ocurriendo en ese momento.
Por eso Freud llegó a plantear que no alcanzaba con encontrar una explicación correcta y comunicársela al paciente.
Habló de reelaboración: volver sobre esas formas de funcionar, reconocerlas cuando aparecen, comprender las resistencias que las mantienen y trabajar sobre algo que quizá intelectualmente conocemos desde hace años, pero que emocionalmente seguimos viviendo de la misma manera.
Este punto me parece especialmente importante porque cambia bastante la idea de lo que significa “entenderse”.
La terapia no busca solamente que una persona pueda decir: “Ahora entiendo por qué soy así”. Busca que aquello que entiende pueda empezar, poco a poco, a ser vivido de otra manera.
Saber importa. A veces muchísimo.
Pero no siempre alcanza.
No es buscar culpables en el pasado ni de explicar toda nuestra vida por lo que ocurrió en la infancia. Se trata de entender cómo ciertas experiencias siguen presentes en nuestra manera de sentir, interpretar y relacionarnos, y qué posibilidades tenemos hoy de hacer algo diferente con ellas.
Winnicott: necesitamos un lugar donde podamos existir
Donald Winnicott desarrolló una de las ideas que más me interesan de la psicoterapia: para desarrollarnos psicológicamente necesitamos un ambiente suficientemente seguro.
Eso no significa un ambiente perfecto, sin frustraciones ni conflictos. Significa algo más sencillo y, a la vez, más importante: contar, especialmente al comienzo de la vida, con personas capaces de responder de manera suficientemente estable a nuestras necesidades, ayudarnos a regular lo que todavía no podemos regular solos y permitir que vayamos sintiendo que podemos existir sin tener que adaptarnos todo el tiempo.
Un niño pequeño todavía no tiene recursos para comprender ni organizar por sí mismo todo lo que siente.
Necesita que alguien lo sostenga física y emocionalmente, que pueda percibir sus necesidades, tolerar sus estados y responder de una manera relativamente confiable.
Cuando eso ocurre de forma suficientemente buena, el niño va desarrollando una sensación básica de continuidad. Puede jugar, explorar, expresar necesidades, enojarse, retirarse, acercarse y descubrir gradualmente quién es.
Pero cuando el ambiente exige demasiado, es imprevisible o deja poco espacio para la espontaneidad, puede aprender otra cosa: que para conservar el vínculo tiene que adaptarse.
Aquí aparece lo que Winnicott llamó falso self.
El término puede prestarse a confusión. No se trata de que exista una persona “falsa”. Es una forma de organización defensiva que aparece cuando adaptarse a las demandas externas se vuelve tan importante que la persona aprende a responder a lo que los demás esperan antes que a registrar lo que ella misma siente, desea o necesita.
Naturalmente, todos necesitamos adaptarnos. Vivir con otros exige considerar normas, límites y expectativas. El problema aparece cuando esa adaptación ocupa casi todo el espacio y la experiencia más espontánea de uno mismo queda demasiado escondida.
Así, una persona puede funcionar de manera impecable hacia afuera: ser responsable, eficiente, amable, disponible, incluso muy exitosa. Puede saber perfectamente qué esperan los demás de ella y responder en consecuencia.
Y, sin embargo, sentir que algo falta.
Quizá no sepa exactamente qué quiere. Tal vez se sienta incómoda cuando descansa, necesite demasiado la aprobación de los demás o experimente culpa cuando dice que no. A veces aparece una sensación más difícil de explicar: la vida funciona, pero no termina de sentirse como propia.
Desde esta perspectiva, el sufrimiento no proviene necesariamente de que la persona “funcione mal”. A veces ocurre casi lo contrario: ha aprendido a funcionar demasiado bien para los demás y demasiado poco desde sí misma.
Por eso Winnicott otorgaba tanta importancia a la posibilidad de encontrar un espacio suficientemente seguro.
En psicoterapia, seguridad no significa que todo sea agradable ni que el terapeuta esté siempre de acuerdo con el paciente. Significa que la relación es suficientemente estable como para que la persona no tenga que estar permanentemente protegiéndose, anticipando las expectativas del otro o intentando dar la respuesta correcta.
Entonces pueden empezar a aparecer cosas que antes tenían poco lugar: una duda, un enojo que solía esconderse, una necesidad que resultaba vergonzosa, un deseo que nunca había podido reconocerse o, incluso, el derecho a no saber todavía qué se quiere.
El terapeuta no le dice a la persona quién es. Intenta, más bien, ayudar a crear las condiciones para que pueda descubrir qué aparece cuando no está completamente ocupada en adaptarse.
En ese sentido, la terapia puede convertirse en un lugar donde algo más espontáneo de uno mismo empieza a tener espacio.
No porque allí vaya a revelarse una identidad secreta que estaba escondida esperando ser encontrada, sino porque, cuando disminuye la necesidad de ajustarse constantemente a las expectativas externas, se vuelve posible escuchar con mayor claridad la propia experiencia.
A veces, antes de poder cambiar, necesitamos algo todavía más básico: encontrar un lugar donde podamos existir sin tener que convertirnos inmediatamente en lo que otro espera de nosotros.
Ferenczi: no alcanza con interpretar
Sándor Ferenczi fue uno de los primeros psicoanalistas en advertir que la técnica podía volverse estéril si el terapeuta permanecía emocionalmente demasiado distante.
Había trabajado con pacientes profundamente traumatizados y encontró algo importante: algunas personas no necesitaban solamente comprender intelectualmente lo que les había ocurrido. Necesitaban también encontrar una experiencia relacional diferente.
Una persona que durante años fue ignorada puede esperar ser ignorada nuevamente. Quien fue humillado puede estar permanentemente preparado para detectar una nueva humillación. Y quien aprendió que mostrar vulnerabilidad era peligroso puede entrar en terapia dispuesto a ocultarla.
Esas expectativas aparecen también frente al terapeuta. Y allí comienza otra parte del trabajo.
La terapia permite observar cómo una historia pasada continúa organizando relaciones presentes, pero también puede ofrecer algo nuevo: una relación donde los conflictos puedan pensarse, los malentendidos puedan hablarse y las emociones difíciles no conduzcan automáticamente al abandono o a la ruptura.
La terapia también ocurre entre paciente y terapeuta
La psicoterapia contemporánea, especialmente desde perspectivas relacionales como las desarrolladas por
Stephen Mitchell o Jeremy Safran, fue dando cada vez más importancia a una idea que hoy puede parecer evidente: el terapeuta no observa al paciente desde afuera.
Participa de una relación.
Y dentro de esa relación pasan cosas.
Una persona puede sentir rápidamente que el terapeuta no la comprende, que la juzga o que no le presta suficiente atención. A veces tendrá razón. Los terapeutas también nos equivocamos. Pero otras veces esa sensación puede formar parte de un patrón relacional mucho más antiguo.
El desafío no consiste en decidir rápidamente quién tiene razón, sino en poder preguntarse juntos: ¿qué está ocurriendo entre nosotros?
Safran estudió especialmente esas pequeñas rupturas de la alianza terapéutica: momentos en los que el paciente se siente incomprendido, decepcionado, irritado o distante.
Paradójicamente, esos momentos pueden ser muy valiosos.
Porque en la vida cotidiana muchas relaciones se rompen precisamente allí. Alguien se siente herido, se distancia, el otro no entiende qué pasó y nadie habla.
En terapia existe la posibilidad de detenerse.
¿Qué pasó? ¿Qué entendiste de lo que dije? ¿Qué sentiste? ¿Qué hiciste con eso?
Y cuando una relación consigue atravesar un conflicto sin destruirse, puede aparecer una experiencia diferente de la esperada.
Kohut y la necesidad de sentirse comprendido
Heinz Kohut puso especial énfasis en otra dimensión fundamental: la necesidad humana de sentirnos comprendidos y reconocidos.
Durante mucho tiempo, cierta tradición psicoanalítica miró con demasiada sospecha estas necesidades, como si necesitar reconocimiento, admiración o cercanía fuera necesariamente una señal de inmadurez.
Kohut propuso algo diferente. Todos necesitamos cierto grado de reconocimiento emocional. Necesitamos sentir que nuestra experiencia puede tener sentido para alguien.
Cuando eso falta repetidamente durante el desarrollo pueden quedar fragilidades importantes en la autoestima.
Algunas personas se vuelven excesivamente dependientes de la aprobación externa; otras construyen una imagen grandiosa para proteger una sensación interna de fragilidad, y otras viven cualquier crítica como una catástrofe.
En esos casos no sirve demasiado decir: “No deberías depender de la opinión de los demás”.
Probablemente la persona ya lo sepa.
La cuestión es otra: comprender qué función cumple esa necesidad, de dónde proviene y qué ocurre emocionalmente cuando el reconocimiento desaparece.
Horney, Adler y la lucha por sentirse suficiente
Karen Horney observó cómo muchas personas construyen verdaderas estrategias de supervivencia psicológica. Algunas intentan agradar permanentemente, otras necesitan competir, otras se distancian emocionalmente y otras buscan controlar cada situación.
Alfred Adler, desde otra perspectiva, estudió los sentimientos de inferioridad y las maneras en que intentamos compensarlos.
Muchas conductas que juzgamos negativamente tienen una historia. La necesidad de demostrar puede esconder una profunda sensación de insuficiencia; la arrogancia puede proteger vulnerabilidad; la sumisión puede proteger del miedo al conflicto, y el perfeccionismo puede convertirse en un intento desesperado de evitar la crítica.
Comprender esto no significa justificar cualquier comportamiento. Significa abandonar una mirada demasiado simplista sobre nosotros mismos.
Muchas veces, aquello que hoy nos genera problemas fue, en algún momento, una solución.
La pregunta es cuándo dejó de servir.
El cuerpo también participa
Wilhelm Reich, y posteriormente Alexander Lowen, insistieron en algo que la psicología contemporánea ha vuelto a valorar: nuestra historia emocional no existe solamente como pensamiento. También aparece en el cuerpo.
Respiramos de determinada manera, tensionamos la mandíbula, contraemos los hombros, nos aceleramos, nos paralizamos o dejamos de registrar determinadas sensaciones. Frente a algunas situaciones, nuestro organismo puede reaccionar antes de que sepamos conscientemente qué está ocurriendo.
Por eso algunas terapias incorporan intervenciones orientadas al trauma, entre ellas EMDR, especialmente cuando ciertas experiencias parecen permanecer registradas de una manera particularmente intensa.
Una persona puede entender perfectamente que determinado peligro ya terminó y, sin embargo, sentir que su cuerpo continúa reaccionando como si todavía estuviera ocurriendo.
Volvemos, por otro camino, a la misma idea: comprender racionalmente algo no siempre modifica automáticamente nuestra experiencia emocional.
Entonces, ¿la terapia funciona?
La respuesta más sensata sería: puede funcionar, y muchas veces funciona, pero no de manera automática.
No toda terapia ayuda a toda persona. No todo terapeuta es adecuado para cualquier paciente. Y tampoco existe una transformación psicológica garantizada simplemente por asistir semanalmente a una consulta.
La psicoterapia requiere participación, curiosidad, tiempo, una relación terapéutica suficientemente buena y cierta disposición a mirar aspectos de nosotros mismos que a veces preferiríamos no mirar.
También hay momentos en los que puede resultar incómoda. No porque sufrir sea terapéutico en sí mismo, sino porque cuestionar formas de funcionar que llevamos años utilizando genera incertidumbre.
Si durante veinte años una persona evitó los conflictos diciendo siempre que sí, comenzar a poner límites probablemente no se sienta inmediatamente liberador. Es posible que primero aparezcan culpa y miedo.
Cambiar no siempre se siente bien al principio.
¿Y no puedo hablar de todo esto con un amigo?
Por supuesto que sí.
Las amistades, las parejas, las familias y las comunidades pueden tener un enorme valor psicológico. Una buena conversación con alguien querido puede ayudarnos muchísimo, y la terapia no intenta sustituir esos vínculos.
Pero la relación terapéutica tiene algunas características particulares. Hay un encuadre, un tiempo destinado específicamente a explorar la experiencia de una persona, una formación profesional, una atención sistemática a los patrones emocionales y, sobre todo, una relación que puede convertirse ella misma en objeto de observación.
Un amigo puede decirnos: “Siempre elegís parejas iguales”.
Un terapeuta puede preguntarse además qué ocurre cuando alguien intenta acercarse emocionalmente a nosotros, cómo reaccionamos cuando sentimos dependencia, qué esperamos que suceda después de confiar y si algo parecido está ocurriendo, en ese mismo momento, dentro de la terapia.
No es que una conversación con un amigo sea superficial y una conversación terapéutica sea profunda.
Sería absurdo plantearlo así. Son relaciones distintas y cumplen funciones diferentes.
No es solamente hablar
Volvamos entonces a la pregunta del principio.
Sí, en terapia hablamos.
Pero mientras hablamos también aprendemos a observar cómo construimos nuestras relaciones, descubrimos expectativas que llevamos años repitiendo, ponemos palabras donde antes había solamente angustia y reconocemos defensas que, en algún momento de nuestra vida, probablemente fueron necesarias.
A veces también podemos atravesar un conflicto sin que termine en abandono, descubrir que algunas certezas acerca de nosotros mismos quizá nunca fueron tan ciertas y aprender a tolerar emociones que antes parecían insoportables.
En el mejor de los casos, empezamos a vivir con un poco más de libertad.
La terapia no puede garantizar que nunca volvamos a sentir ansiedad, miedo, tristeza, rabia o inseguridad.
Eso sería prometer algo imposible. Tampoco debería aspirar a convertirnos en personas permanentemente felices o completamente seguras de nosotros mismos.
Pero puede modificar la relación que tenemos con nuestra propia historia. Puede ayudarnos a entender por qué algunos caminos parecen repetirse y permitirnos descubrir alternativas donde antes parecía existir una única reacción posible.
Allí esté una de las transformaciones más importantes que puede ofrecer una terapia.
Hablar, cuando realmente podemos escucharnos dentro de una relación significativa, nunca es solamente hablar.