¿Cuánto Dura Una Terapia? Si uno va a construir una casa quiere saber cuánto llevará la obra. Si un médico propone un tratamiento, es natural preguntar cuánto tiempo habrá que seguirlo.

La psicoterapia implica invertir tiempo, dinero, energía y, sobre todo, la disposición a hablar de aspectos muy personales. Es lógico que alguien quiera tener una idea del camino que está por comenzar.

Esa pregunta casi nunca habla solamente de la duración: suele esconder otras inquietudes.

Responder cuánto dura una terapia no consiste simplemente en hablar de meses o de cantidad de sesiones.

Antes hay que entender qué está buscando esa persona y qué tendría que ocurrir para que, algún día, sintiera que ya no necesita ese espacio del mismo modo.

La respuesta corta

Si alguien insistiera en que responda en una sola frase, probablemente diría esta:

Una terapia dura el tiempo necesario para que la persona pueda afrontar su vida con mayor libertad y necesite cada vez menos ese espacio.

Es una respuesta sencilla.

Y, probablemente, también un poco insatisfactoria.

Nos gustan las certezas, nos tranquiliza escuchar números concretos. Seis meses, un año, diez sesiones. Da la sensación de que existe un recorrido previsto y que, si todo sale bien, alcanzará con seguirlo.

El problema es que la psicoterapia funciona de otra manera.

Nunca me gustó prometer una duración durante la primera entrevista. No porque crea que las terapias deban durar años, sino porque me parecería poco serio calcular un recorrido cuando todavía conozco muy poco de la persona que tengo delante.

Sería parecido a que un traumatólogo dijera cuánto llevará una rehabilitación antes de haber visto la lesión.

No es lo mismo atravesar una crisis que intentar cambiar una manera de vivir

En la práctica clínica suelo pensar que existen, al menos, dos grandes situaciones.

Hay personas que llegan porque algo ocurrió hace poco tiempo. Una separación, un duelo, un conflicto familiar, un episodio de ansiedad que apareció de forma inesperada o una etapa de mucho estrés laboral.

En esos casos, la terapia suele convertirse en un lugar donde recuperar cierta estabilidad, entender lo que está pasando y encontrar recursos para atravesar ese momento.

Hay otras personas que manifiestan cosas como:

Entonces ya no estamos hablando solamente de un problema puntual. Lo que aparece es una forma bastante estable de mirar el mundo, de vincularse con los otros o incluso de tratarse a uno mismo.

Eso no significa que el sufrimiento sea mayor ni que el tratamiento vaya a durar necesariamente mucho más.

Significa, simplemente, que probablemente el trabajo sea diferente.

En lugar de ayudar a atravesar una situación concreta, la tarea consiste en revisar modos de funcionamiento que llevan años, a veces décadas, organizando la vida de esa persona.

Y ese tipo de cambios suele necesitar más tiempo.

Los cambios suelen empezar antes de lo que la mayoría imagina

Michael Lambert, uno de los psicólogos que más ha estudiado los resultados de la psicoterapia, encontró algo interesante: una proporción importante de los pacientes experimenta mejorías durante los primeros meses del tratamiento.

Por supuesto, eso no significa que todos los problemas desaparezcan en poco tiempo.

Pero sí muestra que el cambio suele comenzar antes de lo que imaginamos.

Muchas personas llegan sintiendo que todo está mezclado. No saben bien qué les pasa, por qué reaccionan de determinada manera o cómo llegaron a sentirse así.

Hablan de distintos problemas como si fueran piezas sueltas, sin terminar de encontrar un hilo que las una.

Con el paso de las sesiones empieza a aparecer cierto orden.

No siempre desaparece enseguida la ansiedad ni se resuelve el conflicto de pareja. No siempre mejora de inmediato el estado de ánimo.

Ocurre algo importante: la persona empieza a entenderse mejor.

Descubre relaciones entre experiencias que antes parecían independientes. Reconoce patrones que nunca había advertido. Empieza a anticipar algunas reacciones y comprende por qué determinadas situaciones la afectan tanto.

Comprender un problema no siempre alcanza para cambiarlo

Una escena repetida:

Como antes señalábamos, ocurre que después de algunas semanas de trabajo, una persona empieza a entender mucho mejor lo que le ocurre.

Reconoce ciertos patrones, descubre relaciones entre experiencias que antes parecían inconexas e incluso puede anticipar algunas de sus reacciones.

Sin embargo, llega una situación parecida a las de siempre y termina haciendo exactamente lo mismo que había hecho otras veces.

«Si ya entendí por qué me pasa esto, ¿por qué sigo reaccionando igual?»

Creo que esa pregunta señala una diferencia importante entre comprender y cambiar.

Entender algo puede ser el comienzo del proceso, pero rara vez es el final. Todos conocemos personas que, por ejemplo, entienden que viven pendientes de la aprobación de los demás, aunque les resulte muy difícil actuar de otra manera cuando llega el momento.

No es falta de voluntad.

Algunas formas de reaccionar llevan tantos años acompañándonos que terminan pareciéndose más a un reflejo que a una decisión consciente.

Dejaron de sentirse como una elección. Son la manera en que aprendimos a movernos por el mundo.

Paul Wachtel describe estos procesos como círculos que tienden a repetirse. Una persona teme ser rechazada, entonces procura no exponerse demasiado.

Esa cautela hace que las relaciones nunca lleguen a ser realmente profundas y, cuando eso ocurre, confirma la idea inicial de que nadie termina de conocerla o de quererla de verdad.

El problema no está únicamente en el miedo al rechazo. También está en todo aquello que la persona hace para protegerse de ese miedo.

Por eso comprender el círculo es importante, pero no alcanza. En algún momento hace falta vivir una experiencia diferente, ensayar otras maneras de vincularse y comprobar, poco a poco, que el desenlace no siempre tiene que ser el mismo.

Y ese aprendizaje, como casi todos los aprendizajes importantes, necesita tiempo.

La confianza también tiene su propio ritmo

Hay otro motivo por el que me cuesta responder cuánto durará una terapia durante la primera entrevista.

La confianza no aparece de golpe.

Donald Winnicott decía que las personas necesitamos un ambiente suficientemente seguro para desarrollarnos. Es una idea muy sencilla y, al mismo tiempo, profunda. Creo que describe bastante bien lo que uno intenta construir dentro de un consultorio.

Las primeras sesiones suelen estar ocupadas por aquello que la persona ya sabe de sí misma. Habla de los problemas más evidentes, de los conflictos actuales, de las situaciones que la llevaron a consultar. Todo eso es importante y constituye el punto de partida del trabajo.

Pero, con el paso del tiempo, empiezan a aparecer otros temas.

Recuerdos que parecían secundario, preguntas que nunca habían encontrado un lugar donde ser formuladas, miedos que hasta ese momento permanecían bastante escondidos.

Las conversaciones más importantes de una terapia rara vez suceden durante la tercera o la cuarta sesión.

No porque el terapeuta esté esperando el momento adecuado para hacer una pregunta brillante, sino porque algunas cosas simplemente necesitan tiempo para poder ser pensadas.

La relación con el terapeuta también ayuda a producir el cambio

Durante muchos años hubo discusiones muy intensas acerca de cuál era la mejor orientación psicoterapéutica.

Psicoanálisis, terapia cognitivo-conductual, humanismo, sistémica.

Ya escribimos un artículo en el blog sobre esto mismo.

Esas discusiones nunca van a desaparecer del todo, y está bien que existan.

Sin embargo, la investigación fue mostrando algo interesante. Más allá de las diferencias entre escuelas, uno de los factores que mejor predice el resultado de una terapia es la calidad del vínculo que logran construir el paciente y el terapeuta.

Jeremy Safran dedicó buena parte de su trabajo a estudiar precisamente ese aspecto.

La persona necesita sentir que puede hablar con libertad, que puede discrepar, decir que algo no le hizo bien o reconocer sentimientos que le avergüenzan sin temor a ser juzgada.

Para algunas personas esa puede ser la primera relación en la que descubren que un desacuerdo no implica necesariamente una ruptura, o que mostrar una parte vulnerable de sí mismas no conduce inevitablemente al rechazo.

¿Una terapia puede durar demasiado?

Sí.

Los psicólogos no queremos necesariamente que los tratamientos se prolonguen indefinidamente.

No es mi forma de entender este trabajo.

El objetivo de una buena terapia debería ser que, con el paso del tiempo, el paciente necesite cada vez menos ese espacio. No porque la vida deje de presentar dificultades, sino porque fue desarrollando recursos propios para enfrentarlas.

Hay personas que terminan un proceso y nunca vuelven.

Otras regresan algunos años después, cuando aparece un problema completamente distinto o atraviesan una etapa especialmente difícil.

La vida cambia, y nosotros también. A veces necesitamos ayuda para atravesar un momento concreto y, una vez superado, seguimos nuestro camino. En otras ocasiones, muchos años después, aparece una situación nueva que vuelve a justificar un espacio de reflexión.

Me parece una forma bastante natural de entender la psicoterapia.

¿Cómo saber que una terapia está llegando a su fin?

En general es un proceso gradual.

Las sesiones dejan de estar dominadas por la urgencia. Los problemas siguen existiendo, pero ya no ocupan todo el paisaje.

La persona empieza a confiar más en su propio criterio, toma decisiones con mayor tranquilidad y descubre que puede enfrentar situaciones que antes la habrían desbordado sin sentir la necesidad inmediata de hablarlas en terapia.

Entonces, ¿cuánto dura una terapia?

No existe una cantidad correcta de sesiones.

Hay personas que encuentran lo que necesitaban en pocos meses, hay otras con las que trabajamos hace años.

Depende de la historia de cada uno, de los objetivos que trae a consulta, del momento vital que está atravesando y también de algo que solemos olvidar: las personas cambiamos a ritmos distintos.

No aprendimos a elaborar un duelo de la misma manera, no aprendimos a confiar con la misma velocidad.

No todos necesitamos el mismo tiempo para modificar formas de vivir que llevan décadas acompañándonos.

Quizá esa sea la respuesta más honesta que puedo dar.

Últimas palabras

El espíritu de nuestra época nos acostumbró a medir casi todo en términos de rapidez. Queremos resultados inmediatos, soluciones claras y plazos precisos. Y es comprensible que esa lógica también llegue a la psicoterapia.

Hay experiencias humanas que siguen resistiéndose a ese modo de pensar.

No podemos acelerar un duelo, no podemos obligarnos a enamorarnos, ni construir una amistad profunda en un fin de semana.

Tampoco podemos decidir que una manera de vivir, que se fue formando lentamente a lo largo de muchos años, desaparezca de un día para otro.

Al final, la duración de una terapia es un dato que ofrece poco, y de hecho no se suele recordar del todo.

Lo que suele recordar es otra cosa: si en algún momento de ese camino, la persona empezó a vivir de una manera que antes le parecía imposible o poco probable.